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HUMOS CON MIEDOS
Nuestros hijos quieren trabajar

-Mariano Cabrero Bárcena: Porque al final, y puede ocurrir, que si no resolvemos a nuestros jóvenes –la incorporación al mundo laboral– sus pensamientos y futuros quehaceres, se convertirán en humos con miedos para siempre.


Bien es sabido que, mediante el trabajo, sabremos como ser útiles a los demás, y, desde luego, se nos facilitará que nos adaptemos al medio ambiente en el que vivimos. La falta de trabajo nos genera sentimientos de frustración hacia los demás, y es fuente segura para desarrollar la desadaptación, la delincuencia, falta de maduración de la personalidad. Es decir: un cúmulo de males, que pueden degenerar en la depresión.

Y nuestro mal de “los sin trabajo” se está produciendo, como siempre ha sido, durante el cambio generacional: pasar del siglo XX al siglo XXI. Cuando hemos sustituido, y una vez más, a los hombres por las máquinas. Nuestro sistema económico capitalista, digamos, puso las bases necesarias para configurar la productividad y que, al final, pudiéramos obtener bienes y servicios...en cantidades un tanto superiores a las que consumimos. No obstante, sabemos todos nosotros que la primera premisa–a la productividad-, ha de ir acompañada de un consumo proporcionado. Pero, en los actuales tiempos, este último se ha paralizado por la sencilla razón de que falta trabajo.

Entonces es fácil preguntarse el porqué estamos constituyendo un mundo que nos pronostique, y a voces mixtas, que el fin de trabajo ha llegado ya: nada más lejos.

Bien es sabido que el trabajo, puede ayudarnos a dar sentido a nuestras vidas, cuando el último sea coherente, y, de una manera u otra, se ajuste a deseos, aptitudes, tendencias...Terminamos el siglo XXI y entramos en el siglo XXI con una inseguridad respeto al futuro, a nuestro futuro y el de nuestras familias. Y es que todos sabemos que este proceso no es nuevo.

Norteamericanos y chinos saldrán beneficiados con un futuro bienestar y calidad de vida: todo lo anterior contribuirá a facilitar una estabilidad mundial–en cuanto a la economía de mercado libre y abierto–durante el siglo XXI.

Pero hemos de evitar que se desarrolle una pirámide interminable que expulse por su parte superior puntiaguda “humos con miedos”, pues, a la corta o a la larga, los miedos colectivos tienden a desarrollar y desencadenar una reacción en cadena con resultados conflictivos e imprevisibles. Así de fácil. De la misma manera que violencia engendra violencia, ocurre lo mismo con el miedo, que engendra miedo.

¡Hoy tengo un mal día! ¡Todo lo veo negro! ¡Me duele el corazón!, solemos decir, como si dicha víscera muscular fuera capaz de detectar dolores. Dentro de estas afirmaciones y otras similares llevamos inserto un mundo de miedos (fobias, muchas veces): miedo al amor, al infarto de miocardio, al cáncer, al SIDA (Síndrome de Inmune-Deficiencia Adquirida), miedo a perder la cabeza, miedo al sufrimiento, miedo al dolor. Todos estos temores que nos amenazan–en los prolegómenos del siglo XXI–al mismo tiempo, nos conducen inevitablemente al gran miedo que todos llevamos dentro: nuestro miedo a la muerte.

La sociedad que nos ha tocado vivir tampoco nos ayuda precisamente a superar estas barreras del intelecto. Pensamos y actuamos, como seres humanos que somos. Y es que la panorámica mundial es problemática: guerras fratricidas, violación de mujeres–con resultado final de muerte– y sus derechos, malos tratos psíquicos y físicos a menores, detención ilegal de menores...que desaparecen para siempre, etc.

“Si me lo dices, me olvido. Enséñamelo, y puede que me acuerde. Cuenta conmigo, y lo entenderé”, (proverbio chino). Esto es por lo que claman todos los jóvenes hoy por hoy: ¡cuenta conmigo! Y, sin embargo, hemos de concienciar a nuestros hijos para que se acostumbren a tener empleos, cualesquiera el que fuese, aunque tengan estudios suficientes para desempeñar trabajos de más envergadura. A ningún joven, hoy en día, se le caen los anillos de compromiso por trabajar en lo que sea...Dicho de otro modo: muchos no podrán comprar los aludidos anillos por falta de dinero (trabajo).

Bajo este contexto, es lógico que nuestro estado de ánimo se deprima, amén de que nuestra cotidiana vida está llena de preocupaciones, desasosiegos e inquietudes que degeneran en un estado de ansiedad y, que al final, concluyen en la tan temida depresión: el mal psíquico de nuestro siglo XXI.

Las tradicionales máquinas de generar empleo del siglo XXI, han dejado de funcionar para convertirse en fuentes de despidos. No recuerdo en que libro lo leí:... “Para que un negocio funcione hay que generar confianza. Es preciso pagar bien a los empleados, tratarlos como si fueran parientes. De este modo se sentirán como miembros de una gran familia, morirán de cansancio con tal de que sus ganancias sean óptimas”.

Porque al final, y puede ocurrir, que si no resolvemos a nuestros jóvenes –la incorporación al mundo laboral– sus pensamientos y futuros quehaceres, se convertirán en humos con miedos para siempre.


La Coruña, 6 de abril de 2009

Mariano Cabrero Bárcena es escritor

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>> Autor: Mariano (06/04/2009)
>> Fuente: -Autoría propia/ Mariano Cabrero Bárcena


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