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SOMOS PERFECTOS
Lo somos en esencia.

Ante todo he de decir a título de introducción que lo que cuenta en la esfera del pensamiento no es el imposible de pretender expresar una idea, grande o pequeña, que no haya sido expresada antes.

Lo grandioso o excitante de esa idea nuestra que nos parece nueva no está, pues, en la novedad imposi­ble, sino en la sensa­ción de haberla concebido uno mismo...

Voy a abordar aquí un asunto complejo... o simple, según se mire. En cualquier caso, el intelectual se caracteriza porque convierte en complejas las cosas sencillas e intenta allanar, hacerlas inteligibles, al menos para él, las más complejas. Que lo logre o no es cuestión aparte.

Sea como fuere, yo he debido esperar más de sesenta años para llegar a esta conclusión filosófica. Conclusión cegadora, que difícilmente nadie me podrá disputar y menos arrebatar: todos somos perfectos.

Cada uno de nosotros es perfecto en nuestra mismidad, aislado del marco humano que nos cerca y de los referentes que nos aplastan. Somos perfectos ónticamente, en esencia. Es en la apariencia y en la conducta cuando dejamos de ser perfectos. Porque todo el problema de la imperfección, de los defectos, comienza en cuanto entramos en contacto o en relación con "el otro", con la sociedad humana. Cuando nos juzgan nuestra madre, nuestros magistrados, nuestro maestro, nuestro vecino o nuestro lector. Porque cada uno de ellos ha construído previamente, o lo tiene automatizado porque se debe cultural o profesionalmente “a ello”, el modelo con el que nos coteja. Modelo siempre repleto de toda esa cohorte de rasgos, cualidades, atributos que configuran en él, en el seso del juzgador o el crítico, en su intelecto o en su espíritu, lo que tiene por "perfección". Y que a su vez están dictados por la índole de la cultura y de la educación a que se pertenece, por la circunstancia y hasta por esa migraña ocasional. Dictados por todo eso pero también por la propia inclinación del juez y del crítico a la benevolencia consigo mismos y a la intransigencia hacia los demás, por ejemplo... Por eso, en la medida que nos distanciemos del "modelo", de "su modelo", así serán de graves, para ellos, nuestros defectos, nuestro yerros y nuestras transgresiones...

Me refiero aquí fundamentalmente en este asunto a lo moral. Pero tampoco tengo inconveniente en afirmar nuestra "perfección" absoluta en lo "físico", pues tampoco aquí la cuestión dejará de pasar por un concreto referente. Porque es la "ética" o "éticas", y también la "estética" o "estéticas" de referencia "lo" que tomamos prestado para juzgarnos, pero sobre todo para juzgar a los demás. Lo que se encarga y nos dicta lo que hemos de encumbrar o convertir en un guiñapo... Y ya digo que he observado a lo largo de mi vida dos cosas: una, que las personas con juicio crítico muy desarrollado son precisamente las que tienen un comportamiento poco juicioso; y otra, que la intransigencia hacia los demás es inversamente proporcional a la condescendencia con uno mismo. Pero esto, esta propensión a exculparnos o santificarnos frente a la malevolencia que atribuímos en general a "el otro", no hace más que reforzar la categoría moral que afirmo sin vacilación aquí, de nuestra absoluta perfección personal.

Y cuando digo que somos perfectos, vaya por delante que no tengo en cuenta para nada a ninguno de estos tres posibles paradigmas a que tantos otros recurrirán:

1º No pienso en el versículo 26 del capítulo 1º del Génesis, que dice "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". Pues si tuviéramos que medirnos con ese Dios que, en los hechos, se pone siempre del lado de los fuertes y es misericordioso precisamente con los ganadores y con los perversos, y en cambio es implacable con los perdedores a los que empuja a tener que contentarse con soñar siempre con un cielo que ya está probado no existe... Si tuviéramos que consultar nuestra perfección con ese Dios, digo, nos provocaría una tremenda depresión. Que será perfecto, no se lo discuto a quienes creen en él, pero que al permitir y propiciar tanta monstruosidad, si realmente fuéramos a su semejanza, en la mismidad a que me refiero aquí seríamos tan odioso como El se nos manifiesta...

2º Tampoco pienso en el sentido poético de Bergson (sin duda influenciado por el referente bíblico) cuando dice que "para el poeta y el sabio, todos los días son santos, todas las cosas son sagradas, todas las vivencias son útiles, todos los hombres son divinos".

3º Ni en Nietzsche, cuando afirma en El Anticristo-VI: "digo que un animal, un individuo o una especie están corrompidos cuando eligen o prefieren lo que no es favorable para ellos". Aquí hay mayor complejidad, pues surge enseguida la tentación de pensar que para no corrompernos "debemos" elegir lo favorable. Y desde aquí sólo hay un paso a la justificación más o menos automática o biológica de la depredación bajo diferentes aspectos que genéricamente practica el ser humano con "el otro". No. Hay que atenerse a la literalidad y mínima racionalidad de esa idea nietzscheana: una cosa es elegir lo que no nos es favorable —pues en ese caso estaríamos corrompidos— y otra cosa es elegir lo favorable torpemente, por depredación sin que medie además circunstancia extrema alguna en que se nos plantee problema de supervivencia estricta personal...

Digo, afirmo, que somos perfectos por una sola cosa: porque sólo cada uno de nosotros estamos "autorizados" u obligados a rendirnos cuenta a nosotros mismos de nuestras imperfecciones. Imperfecciones que probablemente —y al decir probablemente pongo toda la intención de relativizar el juicio propio sobre uno mismo— será, ahora sí, todo aquello que nos desnaturalice, nos debilite o nos destruya. Y aun así, habría que admitir, siquiera precautoriamente, que hasta en la decadencia preferida puede el ser humano, individualmente considerado, realizar su ideal de perfección. Pues optar por la decadencia —la voluntad— no está al alcance de otro ser viviente que no sea el homo faber. Pues el animal no racional, a diferencia del racional, está sujeto a cadencia. Y es, a mi juicio, por tanto, posible afirmar que en la de-cadencia, en ese sustraerse a la cadencia, puede estar otro modo de entender la perfección.

Ni Aristóteles, ni Platón, ni San agustín, ni Santo Tomás, ni los demás padres de la Iglesia, ni Kant... (inspiradores de buena parte de cristianismos y otras éticas) tienen derecho a fijar modelos exclusivos de ser y de comportamiento más allá del que cada uno de nosotros, con arreglo a nuestra percepción, cuna, naturaleza y racionalidad tengamos por conveniente. Además, su adscripción ciega a una teología, les impedía que funcionase el otro hemisferio cerebral. Todos ellos se olvidaban, más o menos intencionadamente, de lo que pensaban y decían otras culturas. Por lo tanto no pudieron concebir ni un solo valor universal e intemporal. El único —aunque pido perdón, pues esto nos sustrae al asunto principal que me ha traído a escribir sobre la perfección individual inmanente— será éste kantiano: “que tu conducta pueda convertirse en modelo universal". Pero en esto, efectivamente, ya nos estamos poniendo en relación con "el otro". Y ése no era el propósito...

Así pues, si no queremos exponer nuestras vergüenzas intelectivas o morales; si deseamos ser realmente perfectos, quedémonos en casa, no nos relacionemos, no discutamos, no escribamos, no discurseemos. Porque es incuestionable, apodíctico (necesariamente verdadero porque no requiere demostración) que mientras nos recluimos en nuestro cuarto, mientras nos aislamos, mientras no tenemos contacto humano... somos absolutamente perfectos. Cuando tengamos aprensión de no serlo, principalmente por compañías no recomendables que nos recuerdan nuestra imperfección para reforzar la sensación de mayor perfección, alejémonos de ellas, no las frecuentemos.

Hace unos días, un periodista muy significado de un periódico de primera fila me acusaba: "Vd. pretende ser impecable, y es implacable". “No pretendo ser impecable: es que lo soy —le contesté yo. Pero Vd. tilda de “pretenciosidad” para insultarme, lo que en último término sería voluntad de serlo. Vd. ni siquiera lo pretende: le parece suficiente contribuir, de la manera que sea, a la venta de ejemplares de su periódico”. Para justificarse sin hacerlo dignamente, respondió a su vez que sus palabras habían sido mera reflexión: la intransigencia y la benevolencia de rigor...

No. Somos perfectos aunque seamos unos más débiles que otros, aunque unos sean ciegos y otros vean, aunque unos conserven las dos piernas y otros se hayan quedado cojos, aunque unos sean muy "listos" y otros seamos torpes.

Nos pasamos la vida comparando y comparándonos: otro error, otro obstáculo de la cultura occidental a la hora de alentar en constituirnos una fuerte personalidad; otra lacra, la de la comparación, emboscada en el “estímulo legítimo”, atizada por capitalismos y neoliberalismos.

No elijamos lo desfavorable, pero tampoco nos obsesionemos con lo favorable. Tengamos, poseamos, si la suerte nos es propicia, pero situémonos en condiciones mentales y espirituales de disfrutar de la vida prescindiendo de todo: tanto de lo material como hasta del afecto ajeno. No busquemos la felicidad, y menos a costa de "el otro", y muchos menos esperando que sea "el otro" quien nos la gestione.

Somos perfectos, y esta idea me basta para empezar el día y tenerme en pie a lo largo de él. Allá cada cual si no quiere verlo así. Allá cada cual si no quiere considerarse perfecto. Como hoy se dice hasta la hartura: “eso será su problema”. Pero yo ya lo he resuelto... Y es que, como dice Cioran: “No tengo las claves del pensamiento, pero sí las del mío”. Con esto me basta.

>> Autor: Jaime Richart (14/03/2005)
>> Fuente: Jaime Richart


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