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VER, O NO VER... TELEVISIÓN. ESA ES LA CUESTIÓN
Actúa en la sociedad como una pandemia

Hace unos días Mikel Agirregabiria hacía una propuesta audaz: "no ver televisión".

No sólo estoy de acuerdo. Voy más lejos. Es que habría que constituir una asociación, ONG o partido político incluso, cuyo núcleo ideológico consistiese en agrupar a los teleinvidentes. En dar y recibir cursos para disuadir de su consumo o, al menos, para restringirlo de tal manera que su supresión se convirtiese poco menos que en principio y fin de nuestra existencia. Con las técnicas de esos centros ideados para combatir la sexoadicción, la ludopatía o el tabaquismo podríamos luego hacer las conquistas sociales y políticas que deseamos porque nos acucian... Tal es la fuerza que habría que desplegar para contrarrestar la suya.

Los canales principales televisivos funcionan como un alto horno. Encendidos día y noche, las 24 horas al día, no es posible que no estén constantemente fabricando, preparando y maquinando “realidad”. Los espectáculos-realidad están llegando tan lejos que, al igual que al otro lado del Atlántico, seguro que ya se están cometiendo delitos (y quizá algunos de ellos de sangre) sólo para proporcionar material a las productoras; sólo para que todo el aparato televisivo tenga a punto su programa a la hora prevista. Los/las jóvenes periodistas que recalan con todo su entusiasmo e ingenuidad en ellos, da la impresión de que son como las antiguas novicias y seminaristas: acaban engullidos por la voracidad y contaminados por todo tipo de desaprensiones como las que se adivinan en el funcionamiento de esos medios.

No existe droga más dura que la televisión. No hay factor de riesgo mayor de embrutecimiento, de anulación pesonal, de vaciado de la imaginación, de fabricación de molicie... que la televisión. A través de ese artefacto vemos, como en una bola de cristal, cómo unos cuantos bufones, demagogos y desquiciados expertos en el autocontrol, profesionales o no del periodismo, se han convertido en los pastores de la grey tal como en su día fueron los curas. Pero, con la aversión que han generado y las consecuencias que tanto y tantos hemos tenido que tratar de sortear para lograr un poco más de equilibrio y de felicidad; huyendo de ellos, digo, hemos ido a caer en brazos de los oscurantistas, dictadores y neodogmáticos que hay en los controladores sociales dominadores de los círculos mediáticos y en consecuencia dominadores de nosotros mismos como espectadores embobecidos y embotados.

La televisión amenaza destruir al "hombre", como el CO2 está destruyendo el planeta. Ni excepciones ni gaitas. La televisión no crea siquiera estados de opinión. Ella, y el zapping asociado, tan inevitable como ella, sólo producen espasmos, pasmos y burrez. Ya se sabe que todo depende de las dosis. Pero con esto sucede como (dejando a un lado las drogas convencionalmente duras) con el tabaco y el alcohol. A nuestros hijos y nietos les costará casi la vida hacerse mentalmente independientes, como a nosotros nos costó Dios y ayuda zafarnos del tabaco y del alcohol, aunque ahora les haya dado por arremeter contra el primero para dejar espacio y dinero para el segundo y de paso también para el tercero: la televisión. Carecemos no ya de opinión sino de ideas... si es que, fuera de la alcoba y de grupos semiclandestinos, las ha tenido el pueblo algún día de su historia y no han sido siempre los mismos quienes nos lo han hecho creer. Suprimamos de nuestros cuartos y salones tan siniestro aparato. Llevémoslos cuanto antes al Punto Limpio más cercano. Ese día nos habremos convertido, por fin, en personas. A fin de cuentas eso, no ver televisión, es lo que hacen –oigámosles- los que se han adueñado de todos los cotarros, de todas las instituciones, de todos los centros neurálgicos del poder... y ya, de la Creación.

>> Autor: Jaime Richart (05/04/2005)
>> Fuente: -Jaime Richart


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